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Movilizaciones

En las últimas semanas hemos podido ver distintas movilizaciones de sectores de los que se suelen considerar sensibles para la economía del país, y de las familias.

Primero fueron los agricultores, que llevan tiempo manifestándose y reclamando que se regule para que no esté permitida la venta a pérdidas. Éste es un sector fundamental en nuestra economía y en nuestras vidas. Es posible vivir sin otras muchas cosas, pero sin comer no. Y, puestos a comer, mejor que lo hagamos con productos sanos y de cercanía, con mucha menor huella ecológica y mucho mejores para nuestra salud y nuestro bolsillo, por la riqueza que crean a nuestro alrededor.

Luego vinieron las movilizaciones convocadas en el sector del transporte, que incluso han llegado a amenazar con el desabastecimiento en muchos sectores e incluso han provocado el cierre de multitud de empresas por la falta de materias primas o de componentes imprescindibles para llevar a cabo su actividad. Además hemos visto como se vaciaban las estanterías de los comercios, sin reposición inmediata, como nos tienen acostumbrados. Si bien este sector no parecía tan importante, se ha demostrado la fuerza que pueden llegar a hacer ya que la mayor parte de la actividad y de los suministros dependen a día de hoy del transporte por carretera.

Apoyo completamente el fondo de estas movilizaciones, puesto que ambas se convocaban


ante las malas condiciones económicas en las que tienen que trabajar, que les hace, en muchas ocasiones, tener que trabajar por debajo de sus propios costes. Esto es inasumible, sea cual sea la actividad y el sector en el que nos movamos. Nadie trabaja por nada y mucho menos para tener que ponerle dinero encima.

El precio de la energía ha sido solo el detonante, puesto que eran situaciones que venían de antes de las subidas desorbitadas de todas las fuentes de energía y de la invasión de Ucrania por parte de Rusia, que ha acabado de añadir incertidumbre e inestabilidad al panorama.

Pero ha habido una cuestión que ha pasado inadvertida, o al menos no ha quedado reflejada en los cientos de minutos que los informativos de los distintos medios han dedicado a estas movilizaciones.

Según yo he entendido, por distintas explicaciones, en este caso de camioneros movilizados para salvar su puesto de trabajo y su maltrecha economía familiar, el motivo de tener que trabajar rozando permanentemente las pérdidas es porque las plataformas les obligan a hacer portes con los que no cubren los costes del transporte. Pero, y aquí viene lo que no entiendo, no hacen las movilizaciones contra las plataformas, sino contra el Gobierno.

En el caso de la agricultura y ganadería, la reivindicación, en muchas ocasiones, es porque el precio al que acaban vendiendo sus productos, normalmente a las grandes empresas de la distribución, no les permiten cubrir costes ni asegurar el futuro de sus explotaciones. Pero no hacen las huelgas contras esas empresas de distribución, sino contra el Gobierno.

Yo entiendo que hay que exigir al Gobierno, sea el que sea, que legisle para que las condiciones de mercado permitan llevar a cabo la actividad y además proveer de los beneficios necesarios y suficientes para que las personas que se dedican a ellas tengan sus necesidades cubiertas y puedan asegurar y afianzar su presente y su futuro, y el de los suyos.

Pero, ¿alguien entendería que yo hiciera huelga, por ejemplo, porque el alquiler de mi local de comercio es muy caro? Todo el mundo me diría que debía renegociar el contrato con el propietario, aun reconociendo que puedo pedir al Gobierno que legisle para imponer unos límites a los precios del alquiler.

¿Por qué esas movilizaciones no se dirigen contra las plataformas de distribución o comercialización, que son quienes están explotando a estos trabajadores y les están provocando unas condiciones de trabajo totalmente inasumibles? ¿Por qué no se demuestra la misma unidad de acción para oponerse a estas prácticas como la que podemos ver cuando se trata de hacer frente al Gobierno?

El problema, además de otros muchos, es que esa unidad se ve resquebrajada por la necesidad de poder seguir llevando un sueldo a casa. De intentar responder a unas necesidades que cada día nos obligan a salir a trabajar, incluso en esas condiciones tan lamentables que son de auténtica explotación.

¿Qué pasaría si en lugar de pedir que se bajen los impuestos al carburante se pidiera que por ley las empresas distribuidoras de combustible y energía no pudieran superar unos determinados beneficios, que todos sabemos desorbitados? Porque hay que recordar, solo como inciso, que esos mismos impuestos son los que sostienen todos los servicios públicos que disfrutamos la ciudadanía, en gran parte movilizada en estas llamadas a la acción. Es decir, que suena más a tiro en el pie que a solución de la problemática.

¿Qué pasaría si una plataforma de transporte se quedara con los paquetes en sus muelles porque nadie quisiera llevarlos a destino por la cantidad miserable que pagan por ello? Y nadie tendría que significar nadie. Porque si no, no vale, no se hace fuerza.

Igual estoy equivocado. Es más, estoy seguro de que hay múltiples matices que se me escapan y que dan otras ramificaciones de estas, y otras, movilizaciones, pero el caso es que yo creo que son las grandes patronales del transporte y la distribución las que se hacen de oro con la explotación de las personas, y en cambio a la hora de protestar solemos mirar para otro lado.

Ah, y no se me ha olvidado, sino que da para un artículo completo, la reflexión que debemos hacer sobre nuestra dependencia del exterior. En todo. Incluso en sectores en los que éramos punteros y referencia para todo el mundo. Ahora todo, absolutamente todo, tiene una parte o la mayoría que viene de fuera, lo que nos convierte en dependientes economicamente, lo que conlleva perder nuestra independencia y nuestra capacidad para cambiar las cosas.

 

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