domingo, 17 de diciembre de 2017

DE FUTURO, STAR WARS Y RENTA BÁSICA



Publicado en Andalucía Más Que Verde, blog de EQUO Andalucía en Andalucía Información.

Es curioso como a veces un pensamiento puede estar fraguándose a la vez en dos cabezas alejadas y sin ningún tipo de conexión y en cambio ir en el mismo sentido.
Mientras veía, otra vez, alguna de las películas de la saga Star Wars pensaba en la cantidad de trabajo que se representa realizado por robots y me preguntaba dónde, o mejor aún haciendo qué, estarían las personas que antes se supone que realizaban esos trabajos.
Al día siguiente me encuentro con este artículo en eldiario.es
No pretendo con estas palabras que vienen a continuación que tú, que amablemente les estás dedicando una pequeña porción de tu tiempo, te conviertas en defensor de la Renta Básica, sino que me gustaría que este tema pasara a estar en nuestras cabezas y en nuestras conversaciones habituales.
El tema fundamental que debemos afrontar es qué tipo de sociedad queremos para el futuro. Pero claro, pensando en como llegaremos a esa sociedad futura.
Es evidente que poco a poco la cantidad de empleo disponible está disminuyendo por diferentes razones. Esto nos está llevando a enormes cifras de precariedad, explotación y temporalidad, pero eso es otro tema, aunque directamente relacionado con éste, al que podremos dedicar otro artículo en otro momento.
El aumento y la mejora de los avances tecnológicos hace que cada vez más trabajos penosos y repetitivos sean desempeñados por máquinas diseñadas para ello. También, y como consecuencia de lo anterior, la eficiencia y productividad va en aumento, logrando que trabajos que antes duraban muchos días y eran desempeñados por cuadrillas completas de personas sean ahora llevados a cabo por dos o tres máquinas con la sola supervisión de una o dos personas y en un periodo de tiempo considerablemente inferior.
Esto no tiene porqué ser necesariamente negativo, al contrario. La posibilidad de que no tengamos que hacer ciertos trabajos es un avance extraordinario que no debemos desdeñar.
El problema viene cuando esto ocurre en una sociedad basada en la realización de un trabajo, tanto para conseguir una cierta estabilidad económica como para tener un estatus social. No estamos preparados para esa disminución de empleo y por lo tanto no sabemos qué hacer con las personas que lo van perdiendo.
Si ese trabajo ya no existe y no diseñamos ninguna alternativa estamos condenando a mucha gente a vidas en precario, con graves dificultades para asegurar su subsistencia. La formación en nuevas tecnologías y el reciclaje profesional no son en absoluto la panacea puesto que no todo el mundo puede ser programador ni el mercado puede asumir semejante cantidad de empleos tecnológicos.
Seguro que no es esa la sociedad que quieres, querido lector, a tu alrededor. Una sociedad de miseria y desigualdad.
Pues por desgracia ese es el camino que hemos cogido.
Pero tranquilo, que no todo está perdido.
En ese mundo de tecnología y robots que desempeñan los trabajos más duros, tediosos y peligrosos, hemos de crear una herramienta que nos dote de la capacidad de asegurar la subsistencia, nuestra y de los nuestros. Esa herramienta se llama Renta Básica Universal.
Se trata de asegurar que las necesidades básicas de todas las personas se encuentren cubiertas.
No es una herramienta para volver rica y ociosa a toda la población. Como su propio nombre indica se trata de cubrir las necesidades básicas.
Hay tres preguntas claves que siempre saltan llegados a este punto:
a)      ¿cómo se paga eso?
b)      ¿la recibiría todo el mundo?
c)      ¿alguien trabajaría?
Las respuestas van obteniéndose poco a poco en la medida en que algunos países van poniendo en práctica iniciativas parecidas, con matices, a la Renta Básica.
En cuanto a su viabilidad económica hay que decir que está demostrada y además no solo es posible
sino que no afecta a otras contraprestaciones o servicios públicos. Esta Renta Básica se financia a partir del ahorro en la gestión de las ayudas actualmente en marcha y de la propia cantidad de las mismas. Todo el resto de rentas de inserción que se dan en la actualidad desaparecerían, con lo que además responderíamos, al menos en parte a la tercera cuestión.
La cosa es sencilla, ahora mismo si alguien quiere cobrar alguna renta de inserción tiene que demostrar que no trabaja. Pongámonos por caso en el ejemplo de alguien que cobra 450 euros de una renta de inserción y le ofrecen un trabajo por horas en el que cobrará 500 euros. Evidentemente no lo cogerá puesto que hacerlo le supondría perder la renta y claro, cobrar lo mismo para no hacer nada no es una opción a rechazar.
En cambio en el caso de la Renta Básica hablamos de una renta incondicional, es decir se cobra sean cuales sean las circunstancias de cada uno y no se pierde nunca. Esto anima a buscar un trabajo que complete esa renta y nos permita disfrutar de algunas cosas que con la misma no nos podemos permitir puesto que como hemos dicho se trata de cubrir sólo las necesidades básicas.
Este último párrafo me sirve para contestar a la segunda pregunta, y la respuesta es sí, la cobraría todo el mundo. Da igual que sea una persona sin ingresos o un multimillonario, cobraría la renta básica. Claro, hay una diferencia, mientras que la persona sin ingresos o con ingresos muy bajos cobraría una cantidad muy superior a su aportación en impuestos a las finanzas del Estado, en cambio el multimillonario vería incrementados sus impuestos en una cifra superior a la cantidad recibida.
Hoy en día la sociedad no es sostenible tal y como la tenemos diseñada, y eso es algo que está a la vista. No lo digo yo sino que incluso ya está el tema de la necesidad de implantar una Renta Básica sobre las mesas de foros tan poco sospechosos de ser de izquierdas como el auténtico Foro de Davos. Creamos desigualdad y pobreza y el reparto de todo lo que tenemos se hace de una forma desigual, provocando que la riqueza se acumule en pocas manos que además la incrementan explotando a las personas que se ven necesitadas de seguir desempeñando un trabajo cada vez más explotador y menos y peor retribuido. Y eso por no hablar también de la explotación del planeta de una manera totalmente suicida y que nos conduce a un futuro de miseria, tragedias y cambio climático con guerras por el control de los escasos recursos existentes, que ya podemos ver en muchos lugares del mundo.
Y entonces puede asaltarte otra duda, ¿por qué, si es tan buena esta medida, no se ha implantado ya, si todo el mundo gana con ella?
La explicación viene de la anterior conclusión. Con la Renta Básica no se pondría en marcha una medida económica, sino que sería una medida social. No daríamos dinero a la gente, sino que le estaríamos dando libertad. Una libertad que le serviría para rechazar esa explotación a la que me refería y que le permitiría escoger en qué actividades podría empeñar su tiempo. Tiempo que ya el solo hecho de tenerlo supone un gran adelanto en muchos casos.
Este tema da para mucho más y con estas líneas no hemos hecho nada más que empezar a hablar, pero como dije al principio no trato de convencerte, querido lector, sino de que empieces a pensar en ello, porque estoy seguro de que el convencimiento llegará solo, y espero que no demasiado tarde.
Tendremos ocasión de seguir charlando sobre ello más adelante y mientras tanto y siguiendo con el principio de este texto: ¡que la fuerza te acompañe!

jueves, 5 de octubre de 2017

Triste



Cuando dos partes se enfrentan usando el mismo argumento de defensa de la democracia es que, evidentemente, algo no estamos entendiendo. Es más, cuando quienes han demostrado no saber y no poder solucionar con diálogo sus diferencias son capaces de enfrentar a ciudadanos apelando a sentimientos patrióticos sólo para prevalecer sobre el otro, es que realmente no merecen desempeñar el papel representativo que tienen. Y no hablo solo de los presidentes de los dos gobiernos implicados, sino también de muchos que se han escondido y que en estos años solo han visto aquí la oportunidad para arañar votos y apoyos.
Podría hablar de la obligación de cumplir la ley, de la necesidad de oír la voz del pueblo, de quien se ha ofrecido a hablar y quien no o de quien tenía la mano tendida y hacia donde, pero entonces esto sería un análisis más de los muchos que estos días llenan y llenarán las páginas de diarios, blogs, redes sociales y todo tipo de medios de difusión.
Y no, no es eso lo que yo quiero porque no es eso lo que más me ha hecho reflexionar.
Este domingo hemos visto gente enfrentarse por una línea en un mapa, por la posibilidad de hacer un país para ser simplemente uno más en la colección de cromos de banderas, por la exaltación de una idea trasnochada y superada como es el nacionalismo en un mundo cada vez más pequeño y universal. Hemos visto salir a la calle arriesgándose a graves consecuencias, incluso físicas, solo por un concepto de patria excluyente. Porque algo sí que tienen en común ambos grupos, y es el concepto de patria. Sólo que de distintas patrias.
Por otro lado otra gente se ha manifestado en defensa de una Constitución que es ninguneada continuamente en otros temas mucho más implicados en la realidad de cada uno y en su día a día. Una Constitución que marca unas condiciones mínimas de vida de los españoles y que es avasallada por los poderes del Estado, reales o elegidos, cada vez que se cruza en su camino de beneficio perpetuo.
No hemos visto, en cambio, esas mismas demostraciones de determinación para exigir responsabilidades por la corrupción. O para plantarse ante una epidemia de odio y muerte como son las miles de asesinadas por violencia de género. Ni siquiera ante las claras muestras de estar siendo rodeados por la miseria, la desigualdad, el paro y la precariedad.
Uno se pregunta qué habría sido de nuestro país si hubiéramos visto el mismo despliegue de las fuerzas del orden para luchar contra la corrupción, o para garantizar el derecho a una vivienda digna, o si la gente se hubiera echado a la calle para exigir que no se empleara ni un euro público en salvar bancos cuando mucha gente está pasando hambre, o para obligar a meter en la cárcel a todos los corruptos que han venido esquilmando las arcas públicas, es decir de todos aquellos que no hemos salido a la calle a protestar porque nos estaban robando.
Ante esto uno se pregunta qué tipo de políticas estamos haciendo y para qué.
Si realmente merece la pena.
Si lo realmente importante no tiene apenas espacio en las discusiones de cada día y en cambio somos capaces de insultar y menospreciar a quien siente otra patria, es que tenemos un baremo bastante desviado.
El 1 de Octubre (no el #1O que no es sino la representación de nuestro mundo, que reduce ideologías y simpatías a simples hastags y 140 caracteres) ha demostrado lo cerca que seguimos estando de posiciones radicales e irracionales y lo rápido que pasamos del amor al odio sin apenas paso previo.
Para mí la conclusión de esta jornada no es si los catalanes quieren la independencia o no o si Rajoy y su gobierno se han extralimitado o simplemente han cumplido con su obligación. Para mí la conclusión es que no somos, o no sabemos ser, realmente democráticos. No nos importa la opinión de los demás o si pueden o no manifestarla libremente. Ni siquiera creemos en el diálogo y la negociación por mucho que lo digamos continuamente. Sólo creemos en “los nuestros”. El menosprecio a quien piensa diferente está ahí y sale con fuerza en cuanto le damos ocasión.
No, señor Rajoy. No, señor Puigdemont. El domingo no gano ninguno de ustedes. Ni sus ideas. El domingo perdimos todos y sobre todo perdió la democracia. Pero esto ustedes ya lo sabían y no les importaba nada. Ustedes ya no representan a nadie y menos que a nadie a España y Cataluña.
Por todo ello me gustaría hacer dos peticiones, aún a sabiendas de que nadie las escuchará:
A ustedes, señores presidentes, háganse y hágannos un favor y váyanse. Reconozcan que no han sabido gestionar esta situación y dejen paso a otras personas dispuestas a hacerlo. Y llévense con ustedes a otros muchos que no han tenido la capacidad de anteponer el bien común al objetivo egoísta de alcanzar poder.
A todos los españoles, pensemos en las cosas que merecen la pena. En aquello que nos hace ser personas, libres, racionales, y defendámoslas y dejemos de buscar excusas para el enfrentamiento, más si cabe si esas excusas las han puesto ahí otros para tapar sus muchas vergüenzas. Existen muchas amenazas más graves que ésta y esas sí que nos deberían unir. Con nuestras diferencias y nuestras posiciones opuestas. Pero así somos y así hemos conseguido avanzar.
No me gusta la tristeza en política, porque inmoviliza. Alguien me dijo una vez que a la política hay que venir llorado. Pero es tristeza lo que yo sentí el domingo. Una tristeza enorme.
No quiero poner una imagen que ilustre este artículo porque es imposible elegir una y no parecer tomar partido por alguna parte. Por eso sólo pongo un cuadrado negro porque representa mejor que cualquier otra imagen la tristeza que, como un manto invisible, fue llenando todo a mi alrededor el 1 de Octubre.

sábado, 12 de agosto de 2017

La amenaza de la Xylella



Artículo escrito conjuntamente con Pepa Jiménez, componente de la Comisión Ejecutiva de 
EQUO Andalucía, y publicado en Andalucía Información el día 9 de Agosto de 2017.   
Disponible también en



          El campo andaluz y su gente, castigados y maltratados permanentemente pese a ser una extraordinaria fuente de ingresos y empleo, viven estos días asustados bajo una de sus peores pesadillas, la llegada de la Xylella Fastidiosa.
          Se trata de una bacteria que lleva 15 años en Baleares introducida por una planta ornamental proveniente de América, de donde es oriunda la Xylella, y que, según las últimas noticias ya ha entrado en la península, concretamente en Alicante, en una plantación de Almendros.
           Esto supone, sin duda, la mayor amenaza para el campo andaluz, para la economía y la forma de vida de miles de andaluces.
           Esta enfermedad, que se detecta por el secado de las hojas del árbol y acaba con su vida en poco tiempo, ha dado una terrible muestra de su poder destructor en los últimos años en Europa, siendo la culpable de la muerte de más de un millón de olivos en Italia.

           Conocida desde hace más de cien años en California, donde han aprendido a convivir

con ella puesto que se trata de una enfermedad incurable, se hace necesaria la investigación y, sobre todo, acabar con las prácticas  insostenibles que deterioran nuestros campos, rompiendo el equilibrio tan frágil de nuestros ecosistemas.
          Las autoridades competentes en la materia de la UE han dictaminado que en el caso de encontrar una especie afectada por esta bacteria es obligatorio cortar toda vida vegetal en un radio de 100 metros. Práctica radical donde las haya que, en caso de encontrar un ejemplar enfermo, aniquilaría campos enteros, siendo la ruina de nuestra comunidad.
          Adquiere una gran importancia el buen cuidado de las plantas, habiéndose demostrado que los árboles en estado de abandono son más proclives a padecer la enfermedad. No debemos olvidar que la política europea de subvenciones concede éstas por superficie cultivada y no por producción, siendo abandonadas muchas explotaciones.
          La particularidad que tiene en vilo a Andalucía no es otra que la presencia del olivo en forma de monocultivo. Enormes extensiones de campo andaluz son sucesiones de olivos sin fin a la vista y por lo tanto potenciales “clientes” de esta letal bacteria. Esta situación de monocultivo llevaría a una muy difícil encrucijada a nuestros pueblos si finalmente la amenaza se convirtiera en realidad.
           Aparte de razonamientos, más de una vez abordados en todos los foros especializados y en tertulias de la calle, sobre la enorme paradoja de tener una región que es la mayor productora de aceite de oliva del mundo pero que no ha sido capaz de dotarse de un tejido industrial de elaboración y transformación del producto acorde a nuestra capacidad productora, lo que habría llevado igualmente a la necesidad de una implantación de industria auxiliar necesaria para el desarrollo de la primera, además de la apuesta indisimulada en nuestra región por la cantidad antes que por la calidad -algo que por suerte está cambiando en los últimos años-, resulta totalmente incuestionable que nuevamente nos vemos más expuestos al daño dada nuestra dependencia de un único cultivo y de una única fuente de ingresos. La ausencia de alternativas industriales, económicas y laborales ha hecho que la apuesta haya sido siempre por la extensión de hectáreas de olivar y se hayan menospreciado, cuando no abandonado directamente, otras alternativas.
            Ahora, en momentos difíciles, es cuando más echamos en falta la posibilidad de otras
opciones que suplan al olivar en un momento dado. No podemos combatir plagas, ni enfermedades, sin realizar un plan integral de la agricultura de nuestra comunidad que tiene que pasar por acabar con el monocultivo, enriquecer nuestros campos con otras especies agrícolas, terminar con los métodos agresivos intensivos convencionales que eliminan la materia orgánica del suelo y contaminan aire, tierra y agua, provocando con su práctica una erosión tan severa que está haciendo avanzar el desierto por gran parte de Andalucía.
Aumentar la biodiversidad de nuestros campos y utilizar técnicas ecológicas sostenibles es el principal cambio que debe darse. Produciendo alimentos de calidad, adaptándonos a las  necesidades actuales, a los mercados de calidad que demandan productos con sabor, sin contaminantes, variedades únicas, productos autóctonos y, sobre todo, que no ponen en peligro nuestro futuro. Sin olvidarnos de la adaptación, que ya llega tarde y es imposible parar, al cambio climático.
             No se trata, ni mucho menos, de menospreciar el cultivo del olivar. El campo es, y queremos que siga siendo, un sector fundamental en la economía y la sociedad andaluza. Lo importante es que se entienda que el cultivo desenfrenado de una especie no es ni mucho menos una apuesta de futuro para ninguna región y tampoco lo es en este caso para Andalucía.
             A la competencia que se va incrementando desde otras zonas del mundo se une ahora esta amenaza en forma de bacteria. A la Xylella ya no la paramos, pero los problemas asociados a años y años de malas prácticas en nuestros campos, a esos, con sentido común, sí.
            Nuestra tierra tiene sin duda otras muchas alternativas, como la agricultura ecológica, las energías renovables o el turismo sostenible y responsable, como para seguir apostando todo su futuro a la misma carta.

jueves, 12 de enero de 2017

TIENDAS Y MÁS




Cuando algo lo vemos todos los días, acaba volviéndose invisible y sólo cuando desaparece nos damos cuenta de todo lo que nos aportaba y el hueco que deja.
Esto, que seguro que sería aplicable a miles de cosas en nuestras vidas, viene como anillo al dedo a la situación que vive el pequeño comercio.
Las tiendas de barrio dan a la ciudad y a nosotros mismos mucho más que la posibilidad de comprar los productos que necesitemos. En esas pequeñas tiendas, casi siempre gestionadas y atendidas por los propios dueños o sus familiares, encontramos el consejo y la cara amable que necesitamos para decidir cual de los componentes de la oferta mejor se acomoda a nuestras necesidades. La experiencia y el buen hacer de los comerciantes están a nuestro servicio y nos abren las puertas de su establecimiento y sus conocimientos.

Las calles de nuestras ciudades y pueblos se vuelven vacías e inhóspitas sin la luz y el “jaleo” de los comercios. La invitación a pasear se vuelve tramposa y nos acaba conduciendo a la cafetería y al centro comercial, donde estudiadas campañas de marketing nos harán comprar, o desear hacerlo, miles de objetos que en la mayoría de los casos ni necesitamos ni cubren nuestras expectativas.
Un ejemplo, mientras el comerciante de nuestro barrio se alegra de que nos salgan buenos los zapatos, el género de las grandes superficies tiene fecha de caducidad ante la avalancha de modas y tendencias.
La aportación del pequeño comercio al empleo dentro del tejido social en Andalucía ni está valorada en su justa medida, ni entendemos realmente hasta donde llega. El comercio ha aguantado, a veces en solitario, el empleo de nuestros pueblos cuando las enormes cifras de la crisis ya llamaban a nuestras puertas. La relación, en muchos casos familiar, de empresarios y trabajadores hace que el despido sea siempre la última opción. ¿Pueden decir lo mismo otros sectores del comercio o la industria, que basan siempre su recuperación en la reducción de plantilla? Plantillas, no lo olvidemos, que trabajan casi siempre en unas condiciones de explotación laboral y de abusos en horarios y salarios que hace que la fantasía de la creación de empleo que lleva siempre aparejada la creación de una nueva gran superficie sólo sea un espejismo de precariedad y desamparo. No voy a entrar aquí en el tema de la regulación de horarios, que merecería artículo aparte y en el que el comerciante que quiere mantener el ritmo marcado por las grandes superficies lo hace siempre a costa de su vida personal.
Por otro lado, la formación que, a pie de mostrador, se da a los empleados en el comercio va encaminada a ser aprovechada sobre el terreno, en la propia tienda donde se ha generado, invirtiendo en ella mucho tiempo y volcando conocimientos adquiridos a lo largo de los años, por lo que la estabilidad en el empleo es mucho mayor que en otros tipos de establecimientos. Nadie forma a un buen empleado para luego deshacerse de él a las primeras de cambio.
El compromiso de los comerciantes con su comercio llega a la puesta en juego de su propio patrimonio personal en aras de seguir pudiendo abrir la puerta cada día. La riqueza que genera el pequeño comercio se queda además en gran medida en un círculo pequeño alrededor del propio comercio. La relación del comerciante y sus empleados con el propio barrio va mucho más allá de una relación comercial y llega, en muchos casos, a convertirse en personal. La reinversión del beneficio en el propio establecimiento está garantizada, echando mano en el 100% de los casos de profesionales de la zona para las ampliaciones y mejoras en el local, cerrando así un círculo virtuoso de proximidad y beneficio mutuo.
El modo de vida, el modelo de ciudad, que queremos y por el que en Andalucía siempre se había apostado y que nos ha dado buena parte de la calidad de vida por la que hemos sido famosos en el mundo, está directamente relacionado con el modelo de comercio que implantamos en nuestras ciudades. La insostenible retahíla de megacentros del consumo lleva consigo un modelo de movilidad urbana que hacen imprescindibles los desplazamientos en vehículo, casi siempre privado, en un consumo de combustible y tiempo que no valoramos y que agranda la factura añadida del producto comprado, todo ello sin olvidar el coste que en cuanto a contaminación generamos y que parece no importar a nadie.
Las calles llenas de vida, los parques con gritos, risas y niños, las terrazas y las fuentes, el encuentro con el vecino, la discusión y el debate sobre el tiempo, el fútbol o la política, la recomendación de dónde y por cuanto comprar la cesta diaria, todo ello se favorece con el modelo del pequeño comercio.
Y los miles de detalles y añadidos que el comercio de nuestros barrios nos aporta. ¿Quién no ha dejado las bolsas “un momento mientras voy a comprar ahí más abajo unos ajos” para que te las cuiden en la tienda del vecino? ¿Quién, de niño, no ha ido a la tienda a decir “que me manda mi madre a que me des lo que te tiene encargado y que luego se pasa ella”? ¿Cuántas veces no hemos volcado el acierto de la elección de un regalo para nuestra pareja en ese dependiente que nos conoce desde que nacimos y que sabe lo que solemos gastar y qué tipo de artículo nos suele ir bien? Y eso que vamos a cambiarlo, cuando hace falta, sin ticket y fuera de plazo y nos lo acepta. Porque nos conoce y valora que vayamos como un gesto de mutua confianza y relación.
No podemos reducir todo eso a una simple ecuación de número de tiendas por metro cuadrado en un espacio pequeño y al sentimiento equivocado de modernidad consumista. Todo, absolutamente todo, lo que ofrecen las grandes superficies está también a nuestro alcancen en los pequeños comercios. Y además en un marco mucho más espectacular, como son nuestras propias calles y barrios.
No se trata de desdeñar inversiones, ni de desechar proyectos, sino de tomar conciencia del poder que como ciudadanos y consumidores tenemos para apostar por un modelo de comercio que se base en la reactivación y sostenimiento de un tejido comercial que nos aporte a cada uno de nosotros una ciudad más compacta, inclusiva y acogedora, donde vivir no resulte una odisea y comprar no sea un automatismo. Y conseguir que esto sea así depende de nosotros y de cómo gestionemos nuestras ciudades y pueblos. Todo influye, desde la limpieza de las calles a la buena iluminación de las mismas pasando por la presencia de fuentes, bancos y papeleras. La oferta cultural, la adecuación de horarios, el transporte colectivo, la calidad del aire, las zonas verdes. En definitiva hacer que vivir la ciudad merezca la pena y que la ciudadanía vuelva a hacerse con las calles y las plazas.
El comercio y los comerciantes, con sus risas sus consejos y sus genios, forman parte de nuestras vidas y sólo nos daremos cuenta de ello cuando no estén. Y los echaremos de menos.

Artículo publicado en el blog Andalucía Más Que Verde, de Andalucía Información