jueves, 12 de enero de 2017

TIENDAS Y MÁS




Cuando algo lo vemos todos los días, acaba volviéndose invisible y sólo cuando desaparece nos damos cuenta de todo lo que nos aportaba y el hueco que deja.
Esto, que seguro que sería aplicable a miles de cosas en nuestras vidas, viene como anillo al dedo a la situación que vive el pequeño comercio.
Las tiendas de barrio dan a la ciudad y a nosotros mismos mucho más que la posibilidad de comprar los productos que necesitemos. En esas pequeñas tiendas, casi siempre gestionadas y atendidas por los propios dueños o sus familiares, encontramos el consejo y la cara amable que necesitamos para decidir cual de los componentes de la oferta mejor se acomoda a nuestras necesidades. La experiencia y el buen hacer de los comerciantes están a nuestro servicio y nos abren las puertas de su establecimiento y sus conocimientos.

Las calles de nuestras ciudades y pueblos se vuelven vacías e inhóspitas sin la luz y el “jaleo” de los comercios. La invitación a pasear se vuelve tramposa y nos acaba conduciendo a la cafetería y al centro comercial, donde estudiadas campañas de marketing nos harán comprar, o desear hacerlo, miles de objetos que en la mayoría de los casos ni necesitamos ni cubren nuestras expectativas.
Un ejemplo, mientras el comerciante de nuestro barrio se alegra de que nos salgan buenos los zapatos, el género de las grandes superficies tiene fecha de caducidad ante la avalancha de modas y tendencias.
La aportación del pequeño comercio al empleo dentro del tejido social en Andalucía ni está valorada en su justa medida, ni entendemos realmente hasta donde llega. El comercio ha aguantado, a veces en solitario, el empleo de nuestros pueblos cuando las enormes cifras de la crisis ya llamaban a nuestras puertas. La relación, en muchos casos familiar, de empresarios y trabajadores hace que el despido sea siempre la última opción. ¿Pueden decir lo mismo otros sectores del comercio o la industria, que basan siempre su recuperación en la reducción de plantilla? Plantillas, no lo olvidemos, que trabajan casi siempre en unas condiciones de explotación laboral y de abusos en horarios y salarios que hace que la fantasía de la creación de empleo que lleva siempre aparejada la creación de una nueva gran superficie sólo sea un espejismo de precariedad y desamparo. No voy a entrar aquí en el tema de la regulación de horarios, que merecería artículo aparte y en el que el comerciante que quiere mantener el ritmo marcado por las grandes superficies lo hace siempre a costa de su vida personal.
Por otro lado, la formación que, a pie de mostrador, se da a los empleados en el comercio va encaminada a ser aprovechada sobre el terreno, en la propia tienda donde se ha generado, invirtiendo en ella mucho tiempo y volcando conocimientos adquiridos a lo largo de los años, por lo que la estabilidad en el empleo es mucho mayor que en otros tipos de establecimientos. Nadie forma a un buen empleado para luego deshacerse de él a las primeras de cambio.
El compromiso de los comerciantes con su comercio llega a la puesta en juego de su propio patrimonio personal en aras de seguir pudiendo abrir la puerta cada día. La riqueza que genera el pequeño comercio se queda además en gran medida en un círculo pequeño alrededor del propio comercio. La relación del comerciante y sus empleados con el propio barrio va mucho más allá de una relación comercial y llega, en muchos casos, a convertirse en personal. La reinversión del beneficio en el propio establecimiento está garantizada, echando mano en el 100% de los casos de profesionales de la zona para las ampliaciones y mejoras en el local, cerrando así un círculo virtuoso de proximidad y beneficio mutuo.
El modo de vida, el modelo de ciudad, que queremos y por el que en Andalucía siempre se había apostado y que nos ha dado buena parte de la calidad de vida por la que hemos sido famosos en el mundo, está directamente relacionado con el modelo de comercio que implantamos en nuestras ciudades. La insostenible retahíla de megacentros del consumo lleva consigo un modelo de movilidad urbana que hacen imprescindibles los desplazamientos en vehículo, casi siempre privado, en un consumo de combustible y tiempo que no valoramos y que agranda la factura añadida del producto comprado, todo ello sin olvidar el coste que en cuanto a contaminación generamos y que parece no importar a nadie.
Las calles llenas de vida, los parques con gritos, risas y niños, las terrazas y las fuentes, el encuentro con el vecino, la discusión y el debate sobre el tiempo, el fútbol o la política, la recomendación de dónde y por cuanto comprar la cesta diaria, todo ello se favorece con el modelo del pequeño comercio.
Y los miles de detalles y añadidos que el comercio de nuestros barrios nos aporta. ¿Quién no ha dejado las bolsas “un momento mientras voy a comprar ahí más abajo unos ajos” para que te las cuiden en la tienda del vecino? ¿Quién, de niño, no ha ido a la tienda a decir “que me manda mi madre a que me des lo que te tiene encargado y que luego se pasa ella”? ¿Cuántas veces no hemos volcado el acierto de la elección de un regalo para nuestra pareja en ese dependiente que nos conoce desde que nacimos y que sabe lo que solemos gastar y qué tipo de artículo nos suele ir bien? Y eso que vamos a cambiarlo, cuando hace falta, sin ticket y fuera de plazo y nos lo acepta. Porque nos conoce y valora que vayamos como un gesto de mutua confianza y relación.
No podemos reducir todo eso a una simple ecuación de número de tiendas por metro cuadrado en un espacio pequeño y al sentimiento equivocado de modernidad consumista. Todo, absolutamente todo, lo que ofrecen las grandes superficies está también a nuestro alcancen en los pequeños comercios. Y además en un marco mucho más espectacular, como son nuestras propias calles y barrios.
No se trata de desdeñar inversiones, ni de desechar proyectos, sino de tomar conciencia del poder que como ciudadanos y consumidores tenemos para apostar por un modelo de comercio que se base en la reactivación y sostenimiento de un tejido comercial que nos aporte a cada uno de nosotros una ciudad más compacta, inclusiva y acogedora, donde vivir no resulte una odisea y comprar no sea un automatismo. Y conseguir que esto sea así depende de nosotros y de cómo gestionemos nuestras ciudades y pueblos. Todo influye, desde la limpieza de las calles a la buena iluminación de las mismas pasando por la presencia de fuentes, bancos y papeleras. La oferta cultural, la adecuación de horarios, el transporte colectivo, la calidad del aire, las zonas verdes. En definitiva hacer que vivir la ciudad merezca la pena y que la ciudadanía vuelva a hacerse con las calles y las plazas.
El comercio y los comerciantes, con sus risas sus consejos y sus genios, forman parte de nuestras vidas y sólo nos daremos cuenta de ello cuando no estén. Y los echaremos de menos.

Artículo publicado en el blog Andalucía Más Que Verde, de Andalucía Información



domingo, 4 de diciembre de 2016

Frente a los Retos: SOBERANÍA



Cada año, el 4 de Diciembre, se convocan manifestaciones y concentraciones a lo largo de la geografía andaluza para reivindicar y recordar aquellas que tuvieron lugar el mismo día pero del año 1977.
Aquel día los andaluces demostraron que no querían seguir siendo considerados ciudadanos de segunda categoría, mano de obra barata para llenar los huecos que el desarrollo iba dejando. Y algunos de aquellos andaluces lo pagaron muy caro, como es el caso de Manuel José García Caparrós, héroe involuntario de aquel hecho histórico y que murió asesinado por la entonces denominada Policía Armada en la manifestación que se llevó a cabo en Málaga. Esta injusta muerte de la que nunca se llegó a averiguar el responsable, fue solo el vergonzoso colofón de unas muestras de unidad e identidad que más tarde llevarían a Andalucía a la autonomía.
Pero, como pasa muchas veces, ni las instituciones ni los partidos institucionales supieron interpretar lo que aquel movimiento había significado.
           Empezando por el hecho de que ni siquiera sea considerado, el 4 de diciembre, como el día de Andalucía y acabando con el hecho no menos significativo y mucho más importante de que la situación siga estando dirigida por aquellos que representan a quienes entonces impedían el acceso real a la autonomía andaluza.
La situación andaluza aglutina dos causas que, si bien una de ellas se repite a lo largo y ancho de toda España, sólo aquí se juntan multiplicando su efecto devastador. Por un lado la caducidad demostrada del proceso denominado “Transición”, que se encuentra superado y que no ofrece a día de hoy ninguna solución a los problemas reales a los que cada día nos enfrentamos los españoles, y por otro lado el “apalancamiento” del PSOE en el poder que ha convertido a nuestra tierra en su pequeño reino y sobre el que han tendido una red de redes clientelares y de favores debidos que nos lleva a un inmovilismo y a una sumisión hacia otras instituciones que no permite que Andalucía abandone el furgón de cola de la Europa del Siglo XXI. Una Andalucía que han convertido en dependiente de subvenciones y subsidios, de destrucción y especulación, cuando deberían haber apostado por el desarrollo bajo un modelo que apueste por el bien común y la garantía de los derechos sociales.
El PSOE, y con él el gobierno de la Junta de Andalucía, han perdido el tiempo intentando la política del mal menor y aceptando para ello los recortes y las imposiciones que le han ido viniendo ya sea desde Madrid o Bruselas. Además de aquellos de fabricación propia que desde San Telmo se han impuesto a todos los andaluces.
Y la gente está harta. Harta de estar abandonada y de tener que lidiar con los intereses particulares de los partidos con poder para poder intentar tan solo asomar la cabeza hacia un mundo mejor. Harta de ver como nuestros jóvenes tienen que seguir emigrando para poder conseguir un trabajo para el que están mejor preparados que nunca pero que ven cómo no solo se les cierran las puertas que podrían estar abiertas sino que se clausuran para no volverlas a abrir. Harta de ver cómo nuestra agricultura se somete al dictado de las grandes firmas comercializadoras y nuestros campos y agricultores se enfrentan a un futuro de abandono y necesidad, lo que conlleva al fin de muchos de nuestros pueblos. Hartos de ver el desprecio que destilan muchos dirigentes de otras comunidades, incapaces de gestionar lo suyo y que hacen de la acusación falsa e hiriente su justificación comodín ante la ruina a la que conducen a sus territorios.
Ante todo esto, ante el reto de romper el círculo vicioso que nos lleva a creer que con casi un millón de parados una cifra ínfima de reducción de las listas del INEM es una buena noticia, a los andaluces sólo nos queda una alternativa: la soberanía.
La soberanía, que no implica ruptura si no es con aquellos que consienten y permiten la ruina de nuestra tierra con efectos endémicos, que está dividida en cuatro pilares básicos e irrenunciables todos ellos: soberanía política, soberanía económica, soberanía energética y soberanía alimentaria.
Porque ¿de qué sirve la soberanía si vamos a seguir dependiendo de que nos aprueben miserables cifras de inversión y nos dejen (o no) responder a las demandas de servicios públicos de la ciudadanía? ¿Para qué vamos a ser soberanos si lo que queremos es convertirnos en otro minireino donde el neoliberalismo y las grandes empresas sigan campando a sus anchas pisoteando los derechos y la calidad de vida de todas las personas?
Es imprescindible que comprendamos que Andalucía tiene la capacidad y las materias primas necesarias para marcar el ritmo hacia un cambio de modelo que represente el empoderamiento ciudadano y la apuesta por otro modo de vida acorde con los recursos y el planeta.
No sirve de nada tener el mayor número de horas de sol de toda la UE si luego ponemos todos los palos posibles en las ruedas del cambio de modelo energético. ¿Por qué si nos llenan los oídos de las bondades de la agricultura ecológica se sigue apostando por unos cultivos que son insostenibles a largo plazo por su enorme consumo de agua? Tenemos la capacidad de cultivar en mejores condiciones y con más calidad pero seguimos llenando nuestra despensa de frutas y verduras traídas del otro lado del mundo en un ciclo contaminante totalmente innecesario. ¿A quién le interesa la apuesta por modelos de megaciudades que nos hacen depender del transporte en vehículos casi siempre privados cuando nuestros pueblos y ciudades han demostrado ser un modelo más amable y conciliador para el desarrollo urbano andaluz y de los andaluces?
Y lo peor de todo es que tengamos que ver cómo nos gobiernan personas incapaces de reivindicar lo que a la postre sólo son nuestros derechos. Vemos como se pliegan a las exigencias de otras instituciones que, manejadas por los poderes económicos, no ven más allá de sus propios intereses. Aunque acarreen el sufrimiento de miles de personas.
Y todo justificado en el “más vale malo conocido…”
Por eso ya no hay más paciencia, ni más oportunidades. Porque la pobreza y el paro parecen elementos inamovibles del paisaje andaluz y a algunos parece no molestarles. Porque tenemos las posibilidades y las ganas. Porque no tenemos un planeta B al que subirnos y la destrucción de éste tendrá unos efectos devastadores sobre nuestra tierra incluso antes que sobre otras partes del mundo.
           Por eso pedimos, reivindicamos, exigimos Soberanía para Andalucía.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Sentido y Sensibilidad



Esta mañana me ha llegado la imagen de la derecha.
Siendo sólo una de tantas que nos llegan a diario a través de las redes sociales, esta vez me ha despertado un sentimiento de ira hacia las buenas palabras vacías de intenciones que me ha hecho escribir este post.
Todo eso está muy bien y yo lo suscribo al 100%. Pero mientras no seamos capaces de cambiar este sistema miserable que nos convierte a todos en obreros especializados en busca del mayor rendimiento y a la caza de una falsa felicidad basada en el espejismo de un consumismo desaforado, aniquilatorio y sin razón, tendremos que seguir condenando a nuestros hijos a abandonar sus sensibilidades y aparcar sus emociones olvidándose de conseguir alcanzar la plenitud a través de las relaciones humanas y con el planeta. Diciéndoles que todo eso está muy bien pero que el arte, el cine, la imaginación, el deporte, jugar….que lo guarden para su tiempo libre que ahora es hora de hacer los deberes porque si no van a suspender y a fracasar y no van a alcanzar las cotas de éxito que todos esperamos de ellos y que se traducirán en una mayor capacidad para comprar cosas que identificarán con haber alcanzado la felicidad.
Es una pena pero es así, enseñamos a usar a las personas y querer a las cosas cuando debería ser al revés.
Está claro que no podemos decir todo esto y a la vez condenar a nuestros hijos al fracaso por el simple hecho de no obtener las mejores calificaciones, achicharrándoles cada vez que no llegan a lo que nosotros hemos colocado como barrera mínima para asegurarse….¿qué? ¿un futuro de afanoso peón productor y consumidor de publicidad y productos que no necesita y que solo sirven para mantener el estatus, de otros que no el suyo que está más que asegurado como pieza de un engranaje de consumo totalmente prescindible y vacío de atributos que creíamos asegurados como derechos sociales, libertades, capacidad de decisión….?
Y todo eso tiene que cambiar, es más estoy seguro de que va a cambiar porque el sistema ya no se aguanta. La disyuntiva está en saber si va a cambiar “por las bravas” o vamos a ser capaces de pilotar esa transición hacia otro modelo de sociedad basado en la solidaridad, la cooperación, la justicia social y el bien común.
Está en nuestras manos, en las manos de todos, y todo el tiempo que pase sin que empecemos a cambiarlo será tiempo perdido.
Y, sin duda, es por la educación por donde debemos empezar a cambiar. Porque no se puede reformar una casa si no empezamos por tener unos buenos cimientos. Es más, no diría reformar sino construir una nueva. Porque la que tenemos ya no sirve. Sólo hay que echar un vistazo a la realidad, tanto cercana como lejana, para ver que las goteras del sistema amenazan ruina porque se ha construido sobre un colchón de aire, una ilusión que ya no aguanta más.
Ahora la pregunta es: sabiendo que depende del esfuerzo colectivo de todos, ¿estamos dispuestos a ello? ¿Vamos a despertar y dejar de creernos la mentira que nos han contado de que todo pasa por aspirar a engrosar una clase media caníbal y depredadora o vamos a impulsar una sociedad basada en la equidad y la justicia social en la que todo el mundo tenga garantizado el tan manido y vapuleado derecho a una existencia digna? Y todo ello sabiendo que es una apuesta a largo plazo puesto que todo el trabajo que han hecho por inculcarnos el afán por la competitividad a cualquier precio no se va a desmontar en dos días.
Lo mejor de todo, aunque pueda parecer lo contrario, es que yo soy optimista. Creo que es posible y creo que lo vamos a conseguir, aunque para ello haya que pasar por muchos trances en los que ya se encargarán de hacernos creer que no merece la pena, que estamos poniendo en peligro lo poco que tenemos por luchar por una sociedad más libre y feliz para todos cuando muchos ni siquiera nos lo van a agradecer porque incluso no entienden porqué lo hacemos. Pero estoy seguro de que seremos capaces de mantener nuestra inteligencia colectiva a buen recaudo y ponerla al servicio de todos.
No estamos solos. A lo largo y ancho del planeta hay ya múltiples experiencias que van en ese camino y de las que podemos aprender.
Es ponerse.
¿Empezamos?

martes, 8 de diciembre de 2015

EL 20D vota a EQUO. Coge la papeleta de PODEMOS



El próximo día 20 habrá mucha gente que irá a votar y se encontrará la sorpresa de no ver la papeleta con el nombre de EQUO.
Y esto será así porque, a pesar de que EQUO sí se presenta a las elecciones, lo hará dentro de las listas de PODEMOS porque así lo hemos decidido la militancia del partido.
Esta frase encierra las dos claves de todo el proceso.
Por un lado demuestra nuestra confianza en los procesos de cooperación política y que, por encima de las
diferencias (grandes en algunos puntos, no tanto en otros) estamos dispuestos a colaborar para conseguir un cambio en la política de este país para hacer que la situación mejore para la mayoría de la población.
Por otro lado es importante porque es una decisión tomada por la militancia del partido, algo que la legitima más allá de cualquier otra cuestión al respecto. Algo que no es normal en nuestro sistema dado que en general se pretende que los militantes actúen como un ordenado y obediente ejército de acólitos. Esto nos cuesta un enorme esfuerzo y unas dolorosas campañas internas, pero nos afianza en nuestras convicciones democráticas y nos hace afrontar el futuro con la seguridad de saber que seremos lo que queramos y lo que decidamos entre nosotros.
En EQUO sabemos que el 20D nos jugamos mucho más que unas simples elecciones generales. Se pone sobre la mesa la posibilidad de que el ansia de cambio de la sociedad llegue al Congreso de los Diputados. Y la ecología política debe ocupar el puesto que le corresponde en ese cambio.
Tal y como está estructurado nuestro sistema electoral cualquier posibilidad de entrar en las instituciones pasa obligatoriamente por que seamos capaces de aglutinar nuestro poder de voto en algunas circunscripciones. La fuerza de nuestros votantes no sirve de nada si no se llega a unos mínimos en cada sitio, lo que hace que se pierdan miles de votos que no llegan a verse representados en la composición de la cámara.
Es por esto por lo que en EQUO hemos pensado que la única manera de responder, por un lado a la trampa de un sistema electoral que trata de perpetuar el poder en las manos de unos pocos y por otro a la necesidad expresada sobradamente en las calles de que el cambio llegue a las instituciones para que acelere la implantación de reformas necesarias y urgentes, es intentar una confluencia amplia que englobara a todas las fuerzas que apoyan un cambio radical y definitivo en nuestra sociedad y en el que se pudieran ver representados todos los ciudadanos que en los últimos años vienen reclamando este cambio.
El camino ha sido duro y difícil. A cada cual le tocará en su momento explicar cual ha sido la razón de las decisiones que haya tomado. El caso es que esa confluencia amplia no ha sido posible y ello nos ha llevado a tener que decidir de qué manera podíamos representar mejor a la ecología ante las elecciones.
Y esa decisión ha sido ir englobados en las listas de PODEMOS a través de un acuerdo electoral.
Por encima de dudas y contradicciones, ha pesado la importancia de saber que el momento es ahora y que tenemos que estar ahí, porque somos necesarios. La crisis social que padecemos, el enorme aumento de las desigualdades y el cambio climático así nos lo atestiguan.
Atrás deben quedar las heridas del proceso. La colaboración en base a las coincidencias debe ser el objetivo y la base sobre la que trabajar. No pensamos igual, es obvio puesto que si lo hiciéramos seríamos un solo partido y no dos, pero sí coincidimos lo suficiente en los objetivos de cambio como para que de nuestra colaboración pueda salir el impulso que haga que todo cambie.
Tampoco creo que se haya cerrado el proceso. La confluencia va más allá del 20D y no debe nunca darse por cerrada. Las puertas no se cierran a la colaboración y seguro que pasada la vorágine de las elecciones se podrán acometer más acuerdos y colaboraciones entre las distintas fuerzas políticas, que incluyan además a quienes no entren en el Parlamento, pero tengan el mismo objetivo que todos nosotros. La gente de la calle, aquellos a los que se les llama “los de abajo” y que simbolizan lo más duro de esta crisis y de todas las crisis por las que nos han hecho pasar, aquellos que siempre están a nuestro lado y a los que debemos nuestro trabajo y para los que nos esforzamos a diario, nos lo están pidiendo. El esfuerzo de confluir y cooperar en política no es nada comparado con el esfuerzo que supone sacar adelante el día a día de miles de familias españolas. 


En este viaje no vamos de vacío. Llevamos nuestro programa , elaborado con la colaboración de toda la militancia, organizaciones sociales y ciudadanos particulares que han querido participar. Nuestro proyecto sigue siendo el mismo, el que los verdes llevamos muchos años defendiendo en el Parlamento europeo y en muchos parlamentos autonómicos y ayuntamientos de la geografía española.
Como dice Naomi Klein en su libro sobre el cambio climático “Esto lo cambia todo”: No existen los Mesías. No vamos a votar por seguidismo fiel ni por odio visceral a nadie. Vamos a hacerlo por unas ideas, por un proyecto, por una sociedad y por un mundo. No somos lo que decimos, o dicen, que somos. Somos lo que hacemos y sabemos con quien coincidimos cuando lo hacemos.
El 20D vota a EQUO, vota a la ecología política, en las listas y la papeleta de PODEMOS

domingo, 14 de diciembre de 2014

GANEMOS JAÉN. RECUPERAR LO QUE NUNCA TUVIMOS



Que el poder reside en el pueblo es algo que, más allá de bonitas frases en textos históricos de referencia, en la práctica deberíamos analizar si se ha conseguido o no llevar a cabo.
Si bien no voy a poner en duda la legitimidad de los gobiernos elegidos democráticamente en nuestro país, es obvio observar que la acción de gobierno que éstos han llevado a cabo se aleja y mucho de lo prometido a la ciudadanía y por lo tanto del mandato otorgado para gestionar y administrar lo público.
De esta situación evidente, convenientemente aderezada con la retahíla de casos de corrupción, que parece ser lo único que une a los políticos de distinto signo, y sumado todo a la evidente predilección de nuestros gobernantes por legislar en apoyo de los intereses de los grandes grupos y corporaciones, surgen tanto movimientos de protesta articulados de diversas maneras, como posiciones personales de desafección hacia algo que forma y formará parte de nuestras vidas, como es la política.
Ante esto estamos viviendo dos procesos paralelos que, en cambio, son incompatibles y por lo tanto están obligados a confrontarse.
Por un lado la llamada “política tradicional” que, en lo que parece un desesperado intento de mantenerse en su status, aprueba leyes e iniciativas encaminadas a calmar los ya estruendosos gritos que piden una regeneración democrática a fondo, que incluya un proceso constituyente.
Por otro están todos aquellos que, hartos de engaños y parches que nada arreglan, dudan de que la solución a los innumerables problemas que el sistema acarrea pueda provenir de los mismos que, con su actitud y forma de hacer política, han provocado la situación actual.
Dentro de estos últimos y después de acontecimientos conocidos por todos como son el 15M o la irrupción de PODEMOS como exponente del hastío colectivo, están los llamados GANEMOS surgidos en distintas poblaciones a lo largo y ancho de la geografía española.
Este proceso forma parte de esa gran marea de empoderamiento ciudadano que,  sin duda, acabará por revolucionar las esferas de poder desplazándose hacia donde, en realidad, nunca ha estado: la ciudadanía.
Como parte importante de estos movimientos, la formación ecologista EQUO viene participando de ellos y colaborando activamente en que se puedan convertir en lo que quieren ser, un movimiento ciudadano articulado en forma de plataforma, en la que “desde abajo” se trata de que sean los propios ciudadanos los que decidan cómo y quién va a gestionar los asuntos públicos. No renunciando en absoluto a la política, sino definiendo una nueva forma de hacerla como es haciéndose corresponsable de lo que los representantes del pueblo lleven a cabo. Es por ello que en los GANEMOS tenga un papel igual de importante el “qué se va a hacer” y el “cómo se va a supervisar qué se hace”
La posición de EQUO no podía ser otra que el apoyo y la participación, puesto que la cooperación política y la responsabilidad de acción son elementos imprescindibles y característicos de todas las iniciativas que hemos venido proponiendo desde el inicio de nuestra andadura política. Sería totalmente incongruente militar en EQUO y no participar en estas plataformas puesto que en sus principios representan lo que desde nuestro partido se viene defendiendo.
Nosotros, los miembros de EQUO, creemos ciegamente en la necesidad de que seamos ciudadanos libres apostando y aportando por el futuro de nuestras ciudades. No actuamos de forma corporativa en los GANEMOS, sino como personas preocupadas y responsables con nuestra ciudad, su porvenir y el de sus ciudadanos.
Tenemos, no obstante, líneas que no vamos a traspasar y que no deben verse como condiciones previas ni como “palos en las ruedas” que arrojemos al carro de GANEMOS, sino como principios que marcan un horizonte al que no podemos renunciar y que están en la misma definición de nuestro ideario. Del mismo modo que desde el principio hemos tenido claro que no íbamos a participar en una coalición que supusiera una simple suma de letras que dejara de lado a los ciudadanos y a los movimientos que vienen desarrollando una extraordinaria labor de construcción de la ciudad, también tenemos claro que no participaremos en un proyecto que no tenga la justicia social, la apuesta por la equidad y la paridad efectiva en nuestra sociedad y la sostenibilidad a largo plazo como referentes de su programa político.
Pero estas líneas son en todo caso algo que llegará, si llega y esperamos que así sea, cuando la asamblea ciudadana y soberana decida si quiere presentarse a las elecciones. Porque, como se dice en el manifiesto de GANEMOS JAÉN este movimiento va más allá de una cita electoral y significa otro modo de hacer nuestra ciudad desde la participación, la colaboración y la responsabilidad de todos.
Antes de que eso llegue, el trabajo de GANEMOS pasa por articular un programa de consenso ciudadano, en el que todas las personas que hemos participado o que puedan acercarse en el futuro, podamos sentirnos representados. Un programa elaborado desde algo que a menudo falta en los programas de los llamados “partidos tradicionales” como es el sentido común. Un elemento que ha venido siendo sustituido por los intereses de partido o por las ambiciones particulares de sus candidatos.
Los partidos políticos, como parte integrante y activa de la vida ciudadana tendrán que tomar las decisiones que consideren oportunas ante el empuje y la realidad que GANEMOS representa. Corresponde a ellos y a las personas que los forman adoptar la posición que estimen sobre todo el proceso. Pero no podemos olvidar que será responsabilidad de todos aprovechar la ocasión de que seamos los ciudadanos los que empecemos realmente a decidir lo que se hace en nuestra ciudad y que, como es lógico, tendremos que dar cuentas de la posición que cada uno haya adoptado.
Que coincidimos en muchas cosas y defendemos soluciones similares en muchos temas es algo obvio y que se pone de manifiesto en multitud de ocasiones. Que los ciudadanos, incluso sin filiación política o con marcado desapego hacia algunas opciones partidistas, comparten en muchos casos las soluciones propuestas se aprecia en las manifestaciones de voluntad popular que se producen en la ciudad y el movimiento de adhesiones que provocan.
Ataques no nos van a faltar y ya lo venimos experimentando. Desde diversos sectores y con distintos intereses se nos tacha de casi todo lo que se les puede ocurrir. Pero todos estos ataques tienen un denominador común, que en la mayoría de los casos los califica a ellos más allá de lo que pueda descalificarnos a nosotros, y es que provienen de personas que nunca se han acercado a alguna de las asambleas convocadas y que no han intentado no ya participar en GANEMOS sino ni siquiera entender que esto es lo que nos está demandando la sociedad.
La situación económica, social, política y medioambiental bien merecen el esfuerzo y la generosidad colectiva que este proyecto nos demanda. Ahora está en nuestras manos llevarlo a cabo.
La pregunta pues es lógica, ¿seremos todos capaces de abandonar rencillas e historias del pasado para poner por delante los intereses de la ciudad y de la ciudadanía o veremos de nuevo pasar otro tren y seremos incapaces de subirnos por culpa de egos e intereses particulares?

jueves, 24 de julio de 2014

#rEvolución se escribe con E de Ecología Política



Vivimos en la sociedad más rica que el hombre haya conocido jamás y a la vez en la que más desigualdad, pobreza y sufrimiento genera.
El sistema está basado en la centralidad de la economía y en la necesidad del crecimiento permanente. Se potencia el egoísmo, la individualidad, la competición por tener. Trabajamos para llegar a ser mejores consumidores. Nos convencen de que tenemos que luchar con los que tenemos al lado para conseguir falsas cotas de bienestar basadas en la posesión material con el argumento de dar el salto a otra clase social en lugar de cooperar para que toda la sociedad se desarrolle rompiendo así la conciencia de clase a la vez que destrozan el sistema de servicios públicos, verdaderos garantes de la igualdad y la cohesión social.
El poder se encuentra concentrado en pequeños grupos que no contentos con habernos convertido en simples consumidores, han hecho de la privatización y posterior comercialización de los bienes imprescindibles y naturales su mayor fuente de ingresos. Me refiero, como no, a la energía y al agua. Estos poderosos grupos sólo buscan afianzarse y agrandar sus inmensas fortunas poniendo en peligro no solo el bienestar sino el propio futuro de la humanidad.
Gracias a ello y a la enorme crisis ecológica que padecemos debido sobre todo a vivir en un sistema que se basa en el crecimiento continuo, usando para ello un planeta con unos límites definidos y con unos techos de producción de materias primas ya bastante cercanos si es que no se han alcanzado ya, en estos momentos podemos decir que nos acercamos a un punto de colapso.
Se impone dar un vuelco a esta situación. Que la gente pueda reconquistar el control sobre todo aquello que le permite vivir y tener unas condiciones de vida dignas. Los bienes comunes no pueden ser el negocio de unos pocos y el lujo inalcanzable de muchos. Es inaplazable demostrar que si no conseguimos que la razón impere en el modo en que gestionamos el planeta, éste dejará de ser suficiente y la pobreza, la desigualdad y la violencia por ellas provocada acabarán extendiéndose por doquier y cuyas consecuencias ya empiezan a apreciarse ostensiblemente.
Ante esto solo cabe una propuesta. Hace falta una revolución. Y ésta debe venir de quienes necesitan que se les devuelva la capacidad para decidir sobre sus vidas y su futuro. Estamos hartos de que el sistema nos obligue a ser meros esclavos. Esclavos de un amo denominado mercado, manejado con mayor o menor disimulo por las grandes corporaciones industriales mundiales.
La globalización ha resultado ser una herramienta para agrandar el mercado disponible para las empresas, en ningún caso hemos “empequeñecido” el mundo para igualar las condiciones de vida. Los países ricos siguen siendo ricos, y cada vez más desiguales, y los países pobres son aún más pobres, esquilmados por la explotación de sus recursos por parte de las empresas del mundo rico y ahogados en las inmensas deudas que han tenido que contraer, después de una colonización que los dejó en la más absoluta ruina.
Así, los ciudadanos solo tenemos un camino posible. Después de ver que las instituciones trabajan para los grupos de presión (los famosos lobbies), que lo que creíamos democracia se ha convertido en un espejismo del que no nos dejan salir intentando convencernos de que es por nuestro propio bien. Cuando vemos que el ciclo de crisis que el capitalismo impone como algo natural y rutinario nos lleva cada vez con mayor énfasis a una situación de deterioro social en el que solo parece que podamos tener derecho a aquello que podemos comprar. Después de asistir impotentes a ver cómo nuestros gobiernos salvan una y otra vez a las empresas que nos han hecho caer en una situación sólo soportable gracias a la solidaridad entre personas mientras no mueven un dedo por evitar los desahucios y la pobreza que los “salvados” han provocado.
Ante todo esto, repito, solo cabe una solución. Hace falta una Revolución.
Una revolución que traiga una verdadera democracia, construida desde abajo, que haga que la sociedad garantice unas mínimas condiciones de vida a todos sus miembros. Que acabe con la corrupción y el clientelismo en política. Que tenga en cuenta los límites del planeta y su necesaria conservación para las generaciones futuras. No se trata de tener soluciones mágicas o de apelar a simples cambios de las caras que gobiernan. Tampoco obtendremos la solución de promesas populistas y “facilonas” que solo buscan el éxito inmediato apelando al corazón y tapando los ojos ante la crisis sistémica que padecemos cargando contra las caras visibles del sistema en lugar de hacerlo contra el sistema en sí. Se trata de que realmente los ciudadanos seamos quienes decidamos lo que queremos hacer y cuando y cómo lo hacemos.
La justicia social, la equidad, la igualdad de derechos, la sostenibilidad representan la profundización de la democracia que tanto reclama la sociedad.
Y todo esto ya hay quien lo defiende y proclama desde hace tiempo. Las fuerzas políticas que antaño representaron la lucha por una sociedad mejor han quedado desfasadas ante la agudización de ciertos problemas. Ya no nos vale sólo con reclamar mejores condiciones laborales, ahora también hay que conseguir que el trabajo, siempre precario y opresor, no se convierta en el fin para el que vivimos. La energía no puede estar en manos de un oligopolio para el que solo importa aumentar su poder que además demuestran sumando a sus plantillas a políticos provenientes de todos los partidos. El paro, la vivienda, la educación, la sanidad, la dependencia, el transporte público…tienen que salir del catálogo de negocios privados y volver al de los servicios públicos intocables. Para usar términos que todos entendamos, la izquierda revolucionaria hoy se llama Ecología Política.
Y si queremos saber el verdadero poder que estas ideas tienen solo tenemos que ver las consecuencias que despiertan. El bloqueo sistemático de nuestras propuestas en los medios de comunicación controlados por las grandes corporaciones, demuestra que las sienten como una amenaza real. El menosprecio a las ideas ecologistas intentando reducir su ámbito a “cuatro pájaros y plantas” va encaminado a cerrar la llegada a otros campos tan importantes en nuestra visión de la sociedad como el paro, la energía o los servicios sociales y la participación ciudadana.
Para valorar el poder revolucionario de una idea sólo tenemos que analizar los esfuerzos que el poder establecido hace para que sea engullida por el sistema. Se trata de utilizar una estrategia de manipulación para conseguir su desactivación. La ecología o la sostenibilidad son términos que el liberalismo ha introducido en su ideario con el fin de desactivar la capacidad revolucionaria que tienen, tratando de reducirlas a meros conceptos faltos de profundidad, cuando significan todo un cambio en el modelo actual.
Lógicamente el camino no va a ser fácil. No olvidemos que se trata de derribar las estructuras de poder y bajar de sus pedestales a todos los que hasta ahora han venido disponiendo de personas y medios para hacer y deshacer a voluntad, haciéndonos pagar las consecuencias y empobreciendo a la mayoría para asegurar su posición. Tampoco podemos despreciar la fuerza de aquellos que son felices siendo “esclavos” y que se conforman con la baga promesa de llegar algún día a poseer más, engañados con la idea de que la felicidad se alcanza con la posesión material.
Por eso no cabe la adaptación del sistema. La propuesta de la ecología política pasa por acabar con él y poner en marcha uno nuevo que ponga a la economía en su sitio, es decir, como herramienta que el ser humano use para acabar con la injusticia y la desigualdad. Buscamos una sociedad mucho más cooperativa, solidaria y, por supuesto, mucho más rica.
Sin duda los poderosos no aceptarán de buen grado semejante cambio en las estructuras de poder. Intentarán vaciar de contenido las propuestas que se hagan desde la ciudadanía, arremetiendo contra las manifestaciones de exigencias de cambio tachándolas de atentados a la misma democracia que ellos han vejado y corrompido. No será fácil, pero será una revolución pacífica, porque llegará a través del convencimiento de la inaplazable necesidad de cambiar el sistema, y que nadie podrá manipular porque una de sus razones será la continua manipulación que de la voluntad popular se ha hecho. Pero cuanto más tardemos en iniciarla más graves pueden ser las consecuencias que se tengan que afrontar. La revolución ciudadana es necesaria y llegará cuando todos estemos convencidos de que no nos dejan otra salida que la de tomar lo que es nuestro.
En el siglo XXI rEvolución se escribe con E de Ecología Política.

miércoles, 11 de junio de 2014

CONFIANZA Y ALTERNATIVAS



Hace unas semanas tuve ocasión de leer un artículo en la edición online del Diario Ideal de Granada en la que se afirmaba que los ciudadanos confían más en los ecologistas que en los políticos.
La lectura de este artículo me mueve a dos consideraciones. La primera ya se desprende del propio título del mismo. La desafección de los ciudadanos hacia los políticos, que por otro lado se la han ganado a pulso, no para de crecer y parece irrecuperable. Esta realidad hace que aquellos que hemos decidido dar un paso adelante y participar en un partido político nos encontremos, incluso no teniendo nada que ver, ni nosotros ni nuestro partido, con todos los tejemanejes habituales en la política de nuestro país, con un clima de
hostilidad que nos dificulta aún más si cabe que podamos llegar a los ciudadanos. La democracia necesita de partidos, de lo que no tiene ninguna necesidad es de “trepas advenedizos” que, usando a los partidos como meros trampolines de su codicia, han arruinado la credibilidad que los ciudadanos otorgaban al sistema político. Los que abogamos por la participación ciudadana como mejor antídoto contra la corrupción sabemos que es difícil hacer llegar nuestro mensaje dado que no contamos con ninguno de los medios de difusión de gran tirada y solo podemos usar aquellos que dependen de nosotros mismos. Si además tenemos que justificar cada día el hecho de que estemos en política a pesar de lo que otros han hecho entonces el camino se vuelve demasiado duro e impenetrable. No estamos aquí para continuar por una senda en la que no creemos. Lo que hacemos lo hacemos pensando en cambiar el sistema, apostando por la regeneración democrática y la participación ciudadana y sabiendo que es el único camino que puede hacernos evitar otros que solo nos conducen a escenarios de dictadura y opresión.
Por otro lado está, ya en la lectura del artículo, la afirmación de que la gravedad de la crisis y las altas cifras de paro hacen que la preocupación por el medio ambiente haya caído dentro de la escala de los problemas que más preocupan a los andaluces.
Está claro que aquí lo primero que debemos entonar los que estamos apoyando y dando a conocer el proyecto de EQUO es un alto y claro “mea culpa”. Por alguna razón, quizá entroncada con los párrafos anteriores, no estamos pudiendo hacer ver a la sociedad que no se trata de elegir entre unos y otros problemas. Al contrario, la ecología y el cuidado y la protección del medio ambiente son la mejor arma que tenemos para defendernos de la crisis económica y el paro. La Ecología Política aboga por conseguir la sostenibilidad de manera transversal, es decir en todas y cada una de las políticas que se pongan en marcha. Y, en palabras del coportavoz de EQUO Andalucía, Esteban de Manuel, no hay nada más insostenible que seis millones de parados.
Afrontar esta crisis con soluciones parciales no dará ningún resultado puesto que no es una crisis de “parcelas”, se trata de una crisis total, sistémica. Estamos delante de una situación a la que debemos enfrentarnos desde todas las vertientes que la componen, económica, medioambiental, social, y el hecho de haber estado explotando el planeta como si sus recursos fueran ilimitados es sin duda la más importante. Hablar de ecología en política es mucho más que hablar de árboles y animales. Es hablar de energía, de alimentación, de sanidad, de economía, de derechos sociales, de democracia y, como no, de medio ambiente.
Tenemos que conseguir que los ciudadanos entiendan que la ecología no es algo para ocupar nuestras
 mentes cuando no tenemos otros problemas. Se trata de elegir si lo que queremos para el futuro, para nuestros hijos, es que sigan viviendo en este sistema que garantiza la pobreza y la desigualdad para una buena parte de la población, condenada a convertirse en meros consumidores abandonados por el sistema a disfrutar sólo de aquello que pueden permitirse pagar, o preferimos hacer posible el cambio hacia un modelo sostenible, responsable, que tenga como objetivo el desarrollo humano sin poner en peligro ni a las generaciones futuras ni al entorno en el que todos debemos desenvolvernos.
Hoy en día esta opción existe. Se puede elegir votar a un partido que propone cambiar a un sistema que no mida el bienestar de la gente en cuánto es capaz de endeudarse. Que sea capaz de revelarse contra los lobbies que tratan de decidir cada una de las políticas que se ponen en marcha, y ponga por delante los intereses de la ciudadanía a los de aquellos grupos que basan todo su poder en su capacidad de intimidación y manipulación a su favor y que no dudan en poner en peligro la economía mundial si con ello logran afianzar su posición de privilegio.
A pesar de la preocupación por el medio ambiente y a pesar de diferentes posicionamientos públicos apostando por afrontar un modelo de desarrollo sostenible y un cambio en el modelo productivo todo esto no se traduce en la subida clara de la opción que representa la ecología política en nuestro país. Mucha gente piensa que la defensa del medio ambiente va en casi todos los programas de los partidos tradicionalmente llamados de izquierdas. Pero una simple mirada a la realidad del día a día nos lleva a concluir que es solo una parte meramente propagandística de sus programas. No se explica si no que partidos que dicen apostar claramente por la conservación del medio ambiente voten a favor de reabrir la mina de Aznalcóllar, en lugar de apostar decididamente por hacer un cambio en la economía y en el modelo de la comarca afectada por el peor desastre medioambiental de nuestra comunidad; o que mantengan en vigor licencias de exploración (y seguro más adelante explotación) de gas de enquisto a través del Fracking.
No somos lo que decimos que somos, somos lo que hacemos y tenemos que tenerlo claro y tenemos que dejarlo claro: si queremos ecología, hay que votar ecología.
Como ciudadanos que somos no pedimos nada que no queramos para nosotros mismos.
Particularmente yo no quiero convencer a nadie de nada con estas líneas. Me conformo con provocar el interés por el proyecto y de que decidan informarse. Estoy seguro de que lo demás vendrá solo.