domingo, 4 de diciembre de 2016

Frente a los Retos: SOBERANÍA



Cada año, el 4 de Diciembre, se convocan manifestaciones y concentraciones a lo largo de la geografía andaluza para reivindicar y recordar aquellas que tuvieron lugar el mismo día pero del año 1977.
Aquel día los andaluces demostraron que no querían seguir siendo considerados ciudadanos de segunda categoría, mano de obra barata para llenar los huecos que el desarrollo iba dejando. Y algunos de aquellos andaluces lo pagaron muy caro, como es el caso de Manuel José García Caparrós, héroe involuntario de aquel hecho histórico y que murió asesinado por la entonces denominada Policía Armada en la manifestación que se llevó a cabo en Málaga. Esta injusta muerte de la que nunca se llegó a averiguar el responsable, fue solo el vergonzoso colofón de unas muestras de unidad e identidad que más tarde llevarían a Andalucía a la autonomía.
Pero, como pasa muchas veces, ni las instituciones ni los partidos institucionales supieron interpretar lo que aquel movimiento había significado.
           Empezando por el hecho de que ni siquiera sea considerado, el 4 de diciembre, como el día de Andalucía y acabando con el hecho no menos significativo y mucho más importante de que la situación siga estando dirigida por aquellos que representan a quienes entonces impedían el acceso real a la autonomía andaluza.
La situación andaluza aglutina dos causas que, si bien una de ellas se repite a lo largo y ancho de toda España, sólo aquí se juntan multiplicando su efecto devastador. Por un lado la caducidad demostrada del proceso denominado “Transición”, que se encuentra superado y que no ofrece a día de hoy ninguna solución a los problemas reales a los que cada día nos enfrentamos los españoles, y por otro lado el “apalancamiento” del PSOE en el poder que ha convertido a nuestra tierra en su pequeño reino y sobre el que han tendido una red de redes clientelares y de favores debidos que nos lleva a un inmovilismo y a una sumisión hacia otras instituciones que no permite que Andalucía abandone el furgón de cola de la Europa del Siglo XXI. Una Andalucía que han convertido en dependiente de subvenciones y subsidios, de destrucción y especulación, cuando deberían haber apostado por el desarrollo bajo un modelo que apueste por el bien común y la garantía de los derechos sociales.
El PSOE, y con él el gobierno de la Junta de Andalucía, han perdido el tiempo intentando la política del mal menor y aceptando para ello los recortes y las imposiciones que le han ido viniendo ya sea desde Madrid o Bruselas. Además de aquellos de fabricación propia que desde San Telmo se han impuesto a todos los andaluces.
Y la gente está harta. Harta de estar abandonada y de tener que lidiar con los intereses particulares de los partidos con poder para poder intentar tan solo asomar la cabeza hacia un mundo mejor. Harta de ver como nuestros jóvenes tienen que seguir emigrando para poder conseguir un trabajo para el que están mejor preparados que nunca pero que ven cómo no solo se les cierran las puertas que podrían estar abiertas sino que se clausuran para no volverlas a abrir. Harta de ver cómo nuestra agricultura se somete al dictado de las grandes firmas comercializadoras y nuestros campos y agricultores se enfrentan a un futuro de abandono y necesidad, lo que conlleva al fin de muchos de nuestros pueblos. Hartos de ver el desprecio que destilan muchos dirigentes de otras comunidades, incapaces de gestionar lo suyo y que hacen de la acusación falsa e hiriente su justificación comodín ante la ruina a la que conducen a sus territorios.
Ante todo esto, ante el reto de romper el círculo vicioso que nos lleva a creer que con casi un millón de parados una cifra ínfima de reducción de las listas del INEM es una buena noticia, a los andaluces sólo nos queda una alternativa: la soberanía.
La soberanía, que no implica ruptura si no es con aquellos que consienten y permiten la ruina de nuestra tierra con efectos endémicos, que está dividida en cuatro pilares básicos e irrenunciables todos ellos: soberanía política, soberanía económica, soberanía energética y soberanía alimentaria.
Porque ¿de qué sirve la soberanía si vamos a seguir dependiendo de que nos aprueben miserables cifras de inversión y nos dejen (o no) responder a las demandas de servicios públicos de la ciudadanía? ¿Para qué vamos a ser soberanos si lo que queremos es convertirnos en otro minireino donde el neoliberalismo y las grandes empresas sigan campando a sus anchas pisoteando los derechos y la calidad de vida de todas las personas?
Es imprescindible que comprendamos que Andalucía tiene la capacidad y las materias primas necesarias para marcar el ritmo hacia un cambio de modelo que represente el empoderamiento ciudadano y la apuesta por otro modo de vida acorde con los recursos y el planeta.
No sirve de nada tener el mayor número de horas de sol de toda la UE si luego ponemos todos los palos posibles en las ruedas del cambio de modelo energético. ¿Por qué si nos llenan los oídos de las bondades de la agricultura ecológica se sigue apostando por unos cultivos que son insostenibles a largo plazo por su enorme consumo de agua? Tenemos la capacidad de cultivar en mejores condiciones y con más calidad pero seguimos llenando nuestra despensa de frutas y verduras traídas del otro lado del mundo en un ciclo contaminante totalmente innecesario. ¿A quién le interesa la apuesta por modelos de megaciudades que nos hacen depender del transporte en vehículos casi siempre privados cuando nuestros pueblos y ciudades han demostrado ser un modelo más amable y conciliador para el desarrollo urbano andaluz y de los andaluces?
Y lo peor de todo es que tengamos que ver cómo nos gobiernan personas incapaces de reivindicar lo que a la postre sólo son nuestros derechos. Vemos como se pliegan a las exigencias de otras instituciones que, manejadas por los poderes económicos, no ven más allá de sus propios intereses. Aunque acarreen el sufrimiento de miles de personas.
Y todo justificado en el “más vale malo conocido…”
Por eso ya no hay más paciencia, ni más oportunidades. Porque la pobreza y el paro parecen elementos inamovibles del paisaje andaluz y a algunos parece no molestarles. Porque tenemos las posibilidades y las ganas. Porque no tenemos un planeta B al que subirnos y la destrucción de éste tendrá unos efectos devastadores sobre nuestra tierra incluso antes que sobre otras partes del mundo.
           Por eso pedimos, reivindicamos, exigimos Soberanía para Andalucía.

sábado, 5 de noviembre de 2016

Sentido y Sensibilidad



Esta mañana me ha llegado la imagen de la derecha.
Siendo sólo una de tantas que nos llegan a diario a través de las redes sociales, esta vez me ha despertado un sentimiento de ira hacia las buenas palabras vacías de intenciones que me ha hecho escribir este post.
Todo eso está muy bien y yo lo suscribo al 100%. Pero mientras no seamos capaces de cambiar este sistema miserable que nos convierte a todos en obreros especializados en busca del mayor rendimiento y a la caza de una falsa felicidad basada en el espejismo de un consumismo desaforado, aniquilatorio y sin razón, tendremos que seguir condenando a nuestros hijos a abandonar sus sensibilidades y aparcar sus emociones olvidándose de conseguir alcanzar la plenitud a través de las relaciones humanas y con el planeta. Diciéndoles que todo eso está muy bien pero que el arte, el cine, la imaginación, el deporte, jugar….que lo guarden para su tiempo libre que ahora es hora de hacer los deberes porque si no van a suspender y a fracasar y no van a alcanzar las cotas de éxito que todos esperamos de ellos y que se traducirán en una mayor capacidad para comprar cosas que identificarán con haber alcanzado la felicidad.
Es una pena pero es así, enseñamos a usar a las personas y querer a las cosas cuando debería ser al revés.
Está claro que no podemos decir todo esto y a la vez condenar a nuestros hijos al fracaso por el simple hecho de no obtener las mejores calificaciones, achicharrándoles cada vez que no llegan a lo que nosotros hemos colocado como barrera mínima para asegurarse….¿qué? ¿un futuro de afanoso peón productor y consumidor de publicidad y productos que no necesita y que solo sirven para mantener el estatus, de otros que no el suyo que está más que asegurado como pieza de un engranaje de consumo totalmente prescindible y vacío de atributos que creíamos asegurados como derechos sociales, libertades, capacidad de decisión….?
Y todo eso tiene que cambiar, es más estoy seguro de que va a cambiar porque el sistema ya no se aguanta. La disyuntiva está en saber si va a cambiar “por las bravas” o vamos a ser capaces de pilotar esa transición hacia otro modelo de sociedad basado en la solidaridad, la cooperación, la justicia social y el bien común.
Está en nuestras manos, en las manos de todos, y todo el tiempo que pase sin que empecemos a cambiarlo será tiempo perdido.
Y, sin duda, es por la educación por donde debemos empezar a cambiar. Porque no se puede reformar una casa si no empezamos por tener unos buenos cimientos. Es más, no diría reformar sino construir una nueva. Porque la que tenemos ya no sirve. Sólo hay que echar un vistazo a la realidad, tanto cercana como lejana, para ver que las goteras del sistema amenazan ruina porque se ha construido sobre un colchón de aire, una ilusión que ya no aguanta más.
Ahora la pregunta es: sabiendo que depende del esfuerzo colectivo de todos, ¿estamos dispuestos a ello? ¿Vamos a despertar y dejar de creernos la mentira que nos han contado de que todo pasa por aspirar a engrosar una clase media caníbal y depredadora o vamos a impulsar una sociedad basada en la equidad y la justicia social en la que todo el mundo tenga garantizado el tan manido y vapuleado derecho a una existencia digna? Y todo ello sabiendo que es una apuesta a largo plazo puesto que todo el trabajo que han hecho por inculcarnos el afán por la competitividad a cualquier precio no se va a desmontar en dos días.
Lo mejor de todo, aunque pueda parecer lo contrario, es que yo soy optimista. Creo que es posible y creo que lo vamos a conseguir, aunque para ello haya que pasar por muchos trances en los que ya se encargarán de hacernos creer que no merece la pena, que estamos poniendo en peligro lo poco que tenemos por luchar por una sociedad más libre y feliz para todos cuando muchos ni siquiera nos lo van a agradecer porque incluso no entienden porqué lo hacemos. Pero estoy seguro de que seremos capaces de mantener nuestra inteligencia colectiva a buen recaudo y ponerla al servicio de todos.
No estamos solos. A lo largo y ancho del planeta hay ya múltiples experiencias que van en ese camino y de las que podemos aprender.
Es ponerse.
¿Empezamos?