jueves, 24 de julio de 2014

#rEvolución se escribe con E de Ecología Política



Vivimos en la sociedad más rica que el hombre haya conocido jamás y a la vez en la que más desigualdad, pobreza y sufrimiento genera.
El sistema está basado en la centralidad de la economía y en la necesidad del crecimiento permanente. Se potencia el egoísmo, la individualidad, la competición por tener. Trabajamos para llegar a ser mejores consumidores. Nos convencen de que tenemos que luchar con los que tenemos al lado para conseguir falsas cotas de bienestar basadas en la posesión material con el argumento de dar el salto a otra clase social en lugar de cooperar para que toda la sociedad se desarrolle rompiendo así la conciencia de clase a la vez que destrozan el sistema de servicios públicos, verdaderos garantes de la igualdad y la cohesión social.
El poder se encuentra concentrado en pequeños grupos que no contentos con habernos convertido en simples consumidores, han hecho de la privatización y posterior comercialización de los bienes imprescindibles y naturales su mayor fuente de ingresos. Me refiero, como no, a la energía y al agua. Estos poderosos grupos sólo buscan afianzarse y agrandar sus inmensas fortunas poniendo en peligro no solo el bienestar sino el propio futuro de la humanidad.
Gracias a ello y a la enorme crisis ecológica que padecemos debido sobre todo a vivir en un sistema que se basa en el crecimiento continuo, usando para ello un planeta con unos límites definidos y con unos techos de producción de materias primas ya bastante cercanos si es que no se han alcanzado ya, en estos momentos podemos decir que nos acercamos a un punto de colapso.
Se impone dar un vuelco a esta situación. Que la gente pueda reconquistar el control sobre todo aquello que le permite vivir y tener unas condiciones de vida dignas. Los bienes comunes no pueden ser el negocio de unos pocos y el lujo inalcanzable de muchos. Es inaplazable demostrar que si no conseguimos que la razón impere en el modo en que gestionamos el planeta, éste dejará de ser suficiente y la pobreza, la desigualdad y la violencia por ellas provocada acabarán extendiéndose por doquier y cuyas consecuencias ya empiezan a apreciarse ostensiblemente.
Ante esto solo cabe una propuesta. Hace falta una revolución. Y ésta debe venir de quienes necesitan que se les devuelva la capacidad para decidir sobre sus vidas y su futuro. Estamos hartos de que el sistema nos obligue a ser meros esclavos. Esclavos de un amo denominado mercado, manejado con mayor o menor disimulo por las grandes corporaciones industriales mundiales.
La globalización ha resultado ser una herramienta para agrandar el mercado disponible para las empresas, en ningún caso hemos “empequeñecido” el mundo para igualar las condiciones de vida. Los países ricos siguen siendo ricos, y cada vez más desiguales, y los países pobres son aún más pobres, esquilmados por la explotación de sus recursos por parte de las empresas del mundo rico y ahogados en las inmensas deudas que han tenido que contraer, después de una colonización que los dejó en la más absoluta ruina.
Así, los ciudadanos solo tenemos un camino posible. Después de ver que las instituciones trabajan para los grupos de presión (los famosos lobbies), que lo que creíamos democracia se ha convertido en un espejismo del que no nos dejan salir intentando convencernos de que es por nuestro propio bien. Cuando vemos que el ciclo de crisis que el capitalismo impone como algo natural y rutinario nos lleva cada vez con mayor énfasis a una situación de deterioro social en el que solo parece que podamos tener derecho a aquello que podemos comprar. Después de asistir impotentes a ver cómo nuestros gobiernos salvan una y otra vez a las empresas que nos han hecho caer en una situación sólo soportable gracias a la solidaridad entre personas mientras no mueven un dedo por evitar los desahucios y la pobreza que los “salvados” han provocado.
Ante todo esto, repito, solo cabe una solución. Hace falta una Revolución.
Una revolución que traiga una verdadera democracia, construida desde abajo, que haga que la sociedad garantice unas mínimas condiciones de vida a todos sus miembros. Que acabe con la corrupción y el clientelismo en política. Que tenga en cuenta los límites del planeta y su necesaria conservación para las generaciones futuras. No se trata de tener soluciones mágicas o de apelar a simples cambios de las caras que gobiernan. Tampoco obtendremos la solución de promesas populistas y “facilonas” que solo buscan el éxito inmediato apelando al corazón y tapando los ojos ante la crisis sistémica que padecemos cargando contra las caras visibles del sistema en lugar de hacerlo contra el sistema en sí. Se trata de que realmente los ciudadanos seamos quienes decidamos lo que queremos hacer y cuando y cómo lo hacemos.
La justicia social, la equidad, la igualdad de derechos, la sostenibilidad representan la profundización de la democracia que tanto reclama la sociedad.
Y todo esto ya hay quien lo defiende y proclama desde hace tiempo. Las fuerzas políticas que antaño representaron la lucha por una sociedad mejor han quedado desfasadas ante la agudización de ciertos problemas. Ya no nos vale sólo con reclamar mejores condiciones laborales, ahora también hay que conseguir que el trabajo, siempre precario y opresor, no se convierta en el fin para el que vivimos. La energía no puede estar en manos de un oligopolio para el que solo importa aumentar su poder que además demuestran sumando a sus plantillas a políticos provenientes de todos los partidos. El paro, la vivienda, la educación, la sanidad, la dependencia, el transporte público…tienen que salir del catálogo de negocios privados y volver al de los servicios públicos intocables. Para usar términos que todos entendamos, la izquierda revolucionaria hoy se llama Ecología Política.
Y si queremos saber el verdadero poder que estas ideas tienen solo tenemos que ver las consecuencias que despiertan. El bloqueo sistemático de nuestras propuestas en los medios de comunicación controlados por las grandes corporaciones, demuestra que las sienten como una amenaza real. El menosprecio a las ideas ecologistas intentando reducir su ámbito a “cuatro pájaros y plantas” va encaminado a cerrar la llegada a otros campos tan importantes en nuestra visión de la sociedad como el paro, la energía o los servicios sociales y la participación ciudadana.
Para valorar el poder revolucionario de una idea sólo tenemos que analizar los esfuerzos que el poder establecido hace para que sea engullida por el sistema. Se trata de utilizar una estrategia de manipulación para conseguir su desactivación. La ecología o la sostenibilidad son términos que el liberalismo ha introducido en su ideario con el fin de desactivar la capacidad revolucionaria que tienen, tratando de reducirlas a meros conceptos faltos de profundidad, cuando significan todo un cambio en el modelo actual.
Lógicamente el camino no va a ser fácil. No olvidemos que se trata de derribar las estructuras de poder y bajar de sus pedestales a todos los que hasta ahora han venido disponiendo de personas y medios para hacer y deshacer a voluntad, haciéndonos pagar las consecuencias y empobreciendo a la mayoría para asegurar su posición. Tampoco podemos despreciar la fuerza de aquellos que son felices siendo “esclavos” y que se conforman con la baga promesa de llegar algún día a poseer más, engañados con la idea de que la felicidad se alcanza con la posesión material.
Por eso no cabe la adaptación del sistema. La propuesta de la ecología política pasa por acabar con él y poner en marcha uno nuevo que ponga a la economía en su sitio, es decir, como herramienta que el ser humano use para acabar con la injusticia y la desigualdad. Buscamos una sociedad mucho más cooperativa, solidaria y, por supuesto, mucho más rica.
Sin duda los poderosos no aceptarán de buen grado semejante cambio en las estructuras de poder. Intentarán vaciar de contenido las propuestas que se hagan desde la ciudadanía, arremetiendo contra las manifestaciones de exigencias de cambio tachándolas de atentados a la misma democracia que ellos han vejado y corrompido. No será fácil, pero será una revolución pacífica, porque llegará a través del convencimiento de la inaplazable necesidad de cambiar el sistema, y que nadie podrá manipular porque una de sus razones será la continua manipulación que de la voluntad popular se ha hecho. Pero cuanto más tardemos en iniciarla más graves pueden ser las consecuencias que se tengan que afrontar. La revolución ciudadana es necesaria y llegará cuando todos estemos convencidos de que no nos dejan otra salida que la de tomar lo que es nuestro.
En el siglo XXI rEvolución se escribe con E de Ecología Política.