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La amenaza de la Xylella



Artículo escrito conjuntamente con Pepa Jiménez, componente de la Comisión Ejecutiva de 
EQUO Andalucía, y publicado en Andalucía Información el día 9 de Agosto de 2017.   
Disponible también en



          El campo andaluz y su gente, castigados y maltratados permanentemente pese a ser una extraordinaria fuente de ingresos y empleo, viven estos días asustados bajo una de sus peores pesadillas, la llegada de la Xylella Fastidiosa.
          Se trata de una bacteria que lleva 15 años en Baleares introducida por una planta ornamental proveniente de América, de donde es oriunda la Xylella, y que, según las últimas noticias ya ha entrado en la península, concretamente en Alicante, en una plantación de Almendros.
           Esto supone, sin duda, la mayor amenaza para el campo andaluz, para la economía y la forma de vida de miles de andaluces.
           Esta enfermedad, que se detecta por el secado de las hojas del árbol y acaba con su vida en poco tiempo, ha dado una terrible muestra de su poder destructor en los últimos años en Europa, siendo la culpable de la muerte de más de un millón de olivos en Italia.

           Conocida desde hace más de cien años en California, donde han aprendido a convivir

con ella puesto que se trata de una enfermedad incurable, se hace necesaria la investigación y, sobre todo, acabar con las prácticas  insostenibles que deterioran nuestros campos, rompiendo el equilibrio tan frágil de nuestros ecosistemas.
          Las autoridades competentes en la materia de la UE han dictaminado que en el caso de encontrar una especie afectada por esta bacteria es obligatorio cortar toda vida vegetal en un radio de 100 metros. Práctica radical donde las haya que, en caso de encontrar un ejemplar enfermo, aniquilaría campos enteros, siendo la ruina de nuestra comunidad.
          Adquiere una gran importancia el buen cuidado de las plantas, habiéndose demostrado que los árboles en estado de abandono son más proclives a padecer la enfermedad. No debemos olvidar que la política europea de subvenciones concede éstas por superficie cultivada y no por producción, siendo abandonadas muchas explotaciones.
          La particularidad que tiene en vilo a Andalucía no es otra que la presencia del olivo en forma de monocultivo. Enormes extensiones de campo andaluz son sucesiones de olivos sin fin a la vista y por lo tanto potenciales “clientes” de esta letal bacteria. Esta situación de monocultivo llevaría a una muy difícil encrucijada a nuestros pueblos si finalmente la amenaza se convirtiera en realidad.
           Aparte de razonamientos, más de una vez abordados en todos los foros especializados y en tertulias de la calle, sobre la enorme paradoja de tener una región que es la mayor productora de aceite de oliva del mundo pero que no ha sido capaz de dotarse de un tejido industrial de elaboración y transformación del producto acorde a nuestra capacidad productora, lo que habría llevado igualmente a la necesidad de una implantación de industria auxiliar necesaria para el desarrollo de la primera, además de la apuesta indisimulada en nuestra región por la cantidad antes que por la calidad -algo que por suerte está cambiando en los últimos años-, resulta totalmente incuestionable que nuevamente nos vemos más expuestos al daño dada nuestra dependencia de un único cultivo y de una única fuente de ingresos. La ausencia de alternativas industriales, económicas y laborales ha hecho que la apuesta haya sido siempre por la extensión de hectáreas de olivar y se hayan menospreciado, cuando no abandonado directamente, otras alternativas.
            Ahora, en momentos difíciles, es cuando más echamos en falta la posibilidad de otras
opciones que suplan al olivar en un momento dado. No podemos combatir plagas, ni enfermedades, sin realizar un plan integral de la agricultura de nuestra comunidad que tiene que pasar por acabar con el monocultivo, enriquecer nuestros campos con otras especies agrícolas, terminar con los métodos agresivos intensivos convencionales que eliminan la materia orgánica del suelo y contaminan aire, tierra y agua, provocando con su práctica una erosión tan severa que está haciendo avanzar el desierto por gran parte de Andalucía.
Aumentar la biodiversidad de nuestros campos y utilizar técnicas ecológicas sostenibles es el principal cambio que debe darse. Produciendo alimentos de calidad, adaptándonos a las  necesidades actuales, a los mercados de calidad que demandan productos con sabor, sin contaminantes, variedades únicas, productos autóctonos y, sobre todo, que no ponen en peligro nuestro futuro. Sin olvidarnos de la adaptación, que ya llega tarde y es imposible parar, al cambio climático.
             No se trata, ni mucho menos, de menospreciar el cultivo del olivar. El campo es, y queremos que siga siendo, un sector fundamental en la economía y la sociedad andaluza. Lo importante es que se entienda que el cultivo desenfrenado de una especie no es ni mucho menos una apuesta de futuro para ninguna región y tampoco lo es en este caso para Andalucía.
             A la competencia que se va incrementando desde otras zonas del mundo se une ahora esta amenaza en forma de bacteria. A la Xylella ya no la paramos, pero los problemas asociados a años y años de malas prácticas en nuestros campos, a esos, con sentido común, sí.
            Nuestra tierra tiene sin duda otras muchas alternativas, como la agricultura ecológica, las energías renovables o el turismo sostenible y responsable, como para seguir apostando todo su futuro a la misma carta.

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